Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Bueno…, ¿qué…? —exclamó Beautrelet, completamente sorprendido—. ¿Qué hace usted?

—¿No estaremos mejor así para hablar? —respondió Brédoux.

Beautrelet saltó hacia otra puerta que daba a la habitación contigua. Había comprendido. El cómplice era Brédoux, el propio secretario del Juzgado de Instrucción.

Brédoux dijo con ironía:

—No se lastime usted los dedos, mi joven amigo, tengo también la llave de esa puerta.

—Queda todavía la ventana —exclamó Beautrelet.

—Ya es demasiado tarde —dijo Brédoux, que se situó delante de la ventana empuñando un revólver.

Estaban cortadas todas las retiradas. No había solución, como no fuese defenderse contra el enemigo que se desenmascaraba con una audacia tan brutal. Isidoro, que experimentaba una sensación de angustia desconocida, se cruzó de brazos.

—Bien —murmuró el secretario—, ahora seamos breves.

Sacó su reloj.


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