Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Después fue la convalecencia, rápida y alegre. En fin, ahora se iban a saber muchas cosas. Se sabría lo que Beautrelet le había prometido revelarle al señor Filleul y las palabras definitivas que el cuchillo del criminal le habían impedido pronunciar. Y se sabría también todo cuando, aparte del drama en sí, se mantenía impenetrable o inaccesible a los esfuerzos de la Justicia.

Estando Beautrelet libre, curado de su herida, ya habría una certidumbre sobre el señor Harlington, el enigmático cómplice de Arsenio Lupin, que continuaba detenido en la cárcel de la Santé. Y se sabría qué se había hecho después del crimen del secretario Brédoux, aquel otro cómplice cuya audacia había sido verdaderamente desconcertante.

Una vez libre Beautrelet, ya cabría formarse una idea precisa sobre la desaparición de Ganimard y el secuestro de Herlock Sholmes. ¿Cómo era posible que se hubieran podido producir dos atentados de esa naturaleza? Los detectives ingleses, así como sus colegas de Francia, no poseían ningún indicio a ese respecto. El domingo de Pentecostés, Ganimard no había regresado a su casa, y el lunes tampoco, ni después en seis semanas.



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