Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Por consiguiente, muerto Arsenio Lupin, reconocido el cadáver de la señorita de Saint-Véran gracias a la pequeña pulsera que llevaba, el drama había acabado.

Pero no, no había acabado. No había acabado para nadie, puesto que Beautrelet había dicho lo contrario. No se sabía en modo alguno en qué no había terminado, sino que, por el solo hecho de decirlo así el joven estudiante, el misterio continuaba íntegro. El testimonio de la realidad no prevalecía contra la afirmación de un Beautrelet. Había alguna cosa ignorada, y esa cosa no se dudaba que no pudiera explicarlo.

Por tanto, era extraordinaria la ansiedad con que se esperaban los boletines sobre el estado del herido que publicaban los médicos de Dieppe a los cuales el conde les confió el cuidado de aquél. ¡Qué desolación durante los primeros días cuando se creyó que su vida estaba en peligro!… ¡Y qué entusiasmo la mañana que los periódicos anunciaron que ya no había nada que temer!… Los más pequeños detalles apasionaban a las multitudes. La gente se enternecía al saberlo cuidado por su anciano padre, a quien un telegrama había llamado urgentemente, y admiraba la dedicación de la señorita de Gesvres, que pasaba la noche a la cabecera del herido.


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