Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Pero iba a saberse. Desde hacía varios días, los periódicos anunciaban la llegada de Beautrelet. La lucha estaba próxima a comenzar. Y esta vez sería implacable por parte del joven, que ardía con el ansia de tomarse la revancha.

Y precisamente su nombre, impreso en grandes caracteres, atrajo mi atención. El Grand Journal publicaba a la cabeza de sus columnas la nota siguiente:

«Hemos obtenido del señor Isidoro Beautrelet la promesa de que nos reserve las primicias de sus revelaciones. Mañana miércoles, antes mismo de que la propia Justicia sea informada, el Grand Journal publicará la verdad íntegra sobre el drama de Ambrumésy».

—Esto promete, ¿eh? ¿Qué piensa usted de todo ello, querido?

Salté en mi butaca. Había cerca de mí alguien a quien yo no conocía.

Me levanté y con la mirada busqué un arma. Pero como la actitud del desconocido parecía por completo inofensiva, me contuve y me acerqué a él.

Era un hombre joven, de rostro enérgico, con largos cabellos rubios y cuya barba, de tono un tanto leonado, estaba dividida en dos cortas puntas. Su traje recordaba el traje de un sacerdote inglés, y, por lo demás, su persona tenía algo de austero y de grave que inspiraba respeto.

—¿Quién es usted? —le pregunté.


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