Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Y como no me respondiera, repetÃ:
—¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado usted aqu� ¿Qué viene usted a hacer?
Me miró, y me dijo:
—¿No me reconoce usted?
—No…, no.
—¡Ah! Es verdaderamente extraño… Busque bien…, uno de sus amigos…, un amigo de una clase muy especial…
Le agarré de un brazo vivamente, y respondÃ:
—Miente usted…, usted no es el que dice…, eso no es cierto…
—Entonces, ¿por qué piensa usted en ése más bien que en otro? —respondió, riendo.
¡Ah! Aquella risa juvenil y clara cuya alegre ironÃa me habÃa divertido a menudo… Sentà un escalofrÃo. ¿Era posible?
—No, no —protesté yo con una especie de espanto—. No puede ser…
—Puede que no sea yo, porque yo estoy muerto…, y usted no cree en aparecidos.
Y rió de nuevo.
—¿Es que, acaso, yo soy de esos que mueren? ¡Morir asà por un proyectil disparado en la espalda, y por una joven! Verdaderamente, eso es juzgarme mal. ¡Como si yo fuera a consentir semejante fin!