Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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El viejo castillo apareció a la vista de los viajeros. Antaño había constituido la residencia abacial de los priores de Ambrumésy, mutilada por la revolución y restaurada por el conde de Gesvres, al cual pertenecía desde hacía veinte años, comprendiendo un cuerpo de alojamientos que remonta un pináculo donde vela un reloj, y dos alas, cada una de las cuales está envuelta por una escalinata con balaustrada de piedra. Por encima de los muros del parque, y más allá de la planicie que sostienen los altos acantilados normandos, se divisa, entre las aldeas de Sainte-Marguerite y de Varengeville, la línea azul del mar.

Allí vivía el conde de Gesvres con su hija Susana, bella y frágil criatura de rubios cabellos, y de su sobrina Raimunda de Saint-Verán, a la cual él había recogido dos años antes, cuando la muerte simultánea de su padre y de su madre dejó huérfana a la joven. La vida discurría tranquila y ordenada en el castillo. Algunos vecinos venían allí de visita de cuando en cuando. En el verano, el conde llevaba a las dos jóvenes casi todos los días a Dieppe. El conde era de alta estatura, con un bello rostro grave y cabellos grisáceos. Siendo muy rico, llevaba él mismo la administración de su fortuna y vigilaba sus propiedades con ayuda de su secretario Daval.


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