Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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¡Un desenlace imprevisto! Un desenlace que constituía por completo el desmoronamiento que reclamaba el amor propio de Lupin, pero que era además otra cosa, otra cosa infinitamente emocionante e infinitamente ingenua. Lupin hizo un gesto de irritación y tomó su sombrero, como si le fuera imposible soportar aquella crisis insólita de sensiblería. Pero en el umbral de la puerta se detuvo y regresó paso a paso, lentamente.

El ruido suave de los sollozos se elevaba como la queja de un niño a quien la pena abruma. Los hombros marcaban el ritmo desgarrador. Las lágrimas se escurrían entre los dedos cruzados. Lupin se inclinó sobre el joven Beautrelet y sin tocarle le dijo con una voz que no tenía el menor asomo de burla, ni siquiera esa piedad ofensiva de los vencedores:

—No llores, pequeño. Éstos son golpes que hay que esperar siempre cuando uno se lanza a la batalla con la cabeza baja como tú lo has hecho. Te acechan los peores desastres… Es nuestro destino de luchadores que lo quiere así. Y hay que sufrirlo valientemente.

Luego, con dulzura, continuó:


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