Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Y, poniéndole la mano en la frente, repitió:
—Por segunda vez te digo, muchacho, que renuncies. Tendré que hacerte mal. ¿Quién sabe si la trampa en que caerás inevitablemente no está ya abierta bajo tus pies?
Beautrelet alzó el rostro. Ya no lloraba. ¿HabrÃa escuchado las palabras de Arsenio Lupin? CabrÃa dudarlo, a juzgar por su aire distraÃdo. Durante dos o tres minutos guardó silencio. ParecÃa estar pensando la decisión que irÃa a tomar, examinar el pro y el contra, enumerar las posibilidades favorables y las desfavorables. Finalmente, le dijo a Lupin:
—Si yo cambio el sentido de mi artÃculo, si yo confirmo la versión de la muerte de usted y si me comprometo a no desmentir jamás la versión falsa que voy a dar, ¿me jura usted que dejará libre a mi padre?
—SÃ, te lo juro. Mis amigos se han dirigido en automóvil con tu padre a otra ciudad de provincias. Mañana por la mañana, a las siete, si el artÃculo del Grand Journal aparece tal y como yo te lo he pedido, les telefonearé y pondrán a tu padre en libertad.
—Sea —contestó Beautrelet—, me someto.
Rápidamente y como si ya juzgara inútil, después de la aceptación de su derrota, el prolongar la entrevista, se levantó, tomó su sombrero, me saludó, saludó a Lupin y salió.