Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Durante horas, el joven permaneció encerrado en su departamento del tren, pensativo e inquieto. Aquella carta le inspiraba desconfianza, cual si hubiera sido escrita para él y estuviera destinada a inducirle a error a él personalmente. Por primera vez, y porque se encontraba frente a frente, ya no de un ataque directo, sino de un procedimiento de lucha equívoca, indefinible, experimentó la sensación muy clara del miedo. Y pensando en su anciano padre, secuestrado por culpa suya, se preguntaba con angustia si no constituía una locura el continuar un duelo tan desigual. ¿El resultado no era acaso seguro? Ante todo, ¿no tenía ya Lupin la partida ganada?
Fue un desfallecimiento breve. Cuando llegó, a las seis de la mañana, ya había recobrado toda su fe.
En el andén, Froberval, el empleado del puerto militar que había dado hospitalidad al padre de Beautrelet, le esperaba acompañado de su hija Carlota, una niña de doce a trece años.
—Y entonces, ¿qué ocurrió? —exclamó Beautrelet.
El buen hombre se puso a lamentarse, pero el joven le interrumpió y le llevó hasta un pequeño café próximo, mandó que les sirvieran café y comenzó a hablar claramente, sin permitirle a su interlocutor ninguna digresión, diciendo: