Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Mi padre no fue secuestrado, ¿verdad? Eso era imposible.

—Imposible. Pero, sin embargo, ha desaparecido.

—¿Desde cuándo?

—No lo sabemos.

—¡Cómo!

—No. Ayer por la mañana, a las seis, al ver que no bajaba, abrí la puerta de su cuarto. No estaba allí.

—Pero ¿anteayer estaba todavía?

—Sí. Anteayer no había salido de su habitación. Estaba un poco cansado, y Carlota le subió el almuerzo al mediodía y la cena a las siete de la tarde.

—Entonces, ¿fue entre las siete de la tarde de anteayer y las seis de la mañana de ayer cuando desapareció?

—Sí. La noche anterior a esta última. Sólo que…

—¿Sólo qué?…

—Pues bien…; que de noche no se puede salir del arsenal.

—Entonces, ¿eso quiere decir que no ha salido?

—¡Imposible! Mis camaradas y yo hemos registrado todo el puerto militar.

—Entonces quiere decir que sí salió.

—Imposible. Todo está vigilado.

Beautrelet reflexionó, y luego dijo:


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