Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —¿En su habitación estaba deshecha la cama?
—No.
—Y la habitación, ¿estaba en orden?
—SÃ. Encontré en el mismo lugar acostumbrado su pipa, el tabaco y el libro que él estaba leyendo. Incluso habÃa en medio de las páginas de ese libro esta pequeña fotografÃa de usted.
—Enséñemela.
Froberval le entregó la fotografÃa. Beautrelet hizo un gesto de sorpresa. En una instantánea acababa de reconocerse en pie, con las dos manos en los bolsillos y en torno a él un cespedal donde se erguÃan árboles y ruinas. Froberval añadió:
—Ésta debe de ser la última fotografÃa que usted le envió.
—No —respondió Beautrelet—. Ni conocÃa siquiera esta fotografÃa. Fue tomada sin saberlo yo en las ruinas de Ambrumésy, sin duda por el secretario del juez de instrucción, que era cómplice de Arsenio Lupin.
—Y ahora, ¿qué?
—Pues que esta fotografÃa fue el pasaporte, el talismán gracias al cual ellos se captaron la confianza de mi padre.
—Pero ¿quién…, quién pudo penetrar en mi casa?