Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Lo ignoro, pero mi padre cayó en la trampa. Le dijeron, y él lo creyó, que yo me encontraba en estas inmediaciones y que quería verle. Él acudió a verme, y entonces se apoderaron de él. Eso fue todo.

—Pero, caray, ¿cómo pudo ser eso si él no salió de su habitación en todo el día de anteayer?

—¿Le vio usted?

—No, pero Carlota, le repito, le llevó sus comidas…

Se produjo un largo silencio. Los ojos del joven y los de la niña se encontraron, y con gran suavidad Beautrelet puso su mano sobre la de la niña. Ella le miró unos segundos, como perdida, como sofocada. Luego, ocultando bruscamente la cabeza entre sus brazos doblados, rompió en sollozos.

—¿Qué es lo que tienes? —le preguntó Froberval, atolondrado.

—Déjeme usted actuar a mí —le ordenó Beautrelet.

Dejó llorar a la niña, y al cabo de un rato le dijo:

—Eres tú quien hizo todo, ¿verdad? Eres tú quien sirvió de intermediaria. ¿Eres tú quien llevó la fotografía? Lo confiesas, ¿verdad? Y cuando decías que mi padre estaba en su habitación anteayer, tú sabías perfectamente que no era así, ¿verdad?, porque habías sido tú quien le ayudó a salir.


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