Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca La niña no respondió. Beautrelet le dijo:
—¿Por qué hiciste eso? Sin duda te ofrecieron dinero… con que comprarte cintas…, un vestido…
Le apartó los brazos a Carlota y le levantó la cabeza. Vio su rostro surcado de lágrimas, un rostro gracioso, inquietante y de expresión cambiante.
—Vamos —continuó Beautrelet—. Se acabó…, no hablemos más de eso… Tu padre no te reñirá. Solamente que vas a decirme todo cuanto pueda serme útil… ¿Sorprendiste algo…, alguna palabra de esas gentes? ¿Cómo se efectuó el secuestro?
Carlota respondió inmediatamente:
—En automóvil…; los oà hablar de ello.
—¿Y por qué carretera se fueron?
—¡Ah! Eso no lo sé.
—¿Cambiaron delante de ti alguna palabra que pueda ayudarnos?
—Ninguna… Sin embargo, uno de ellos dijo: «Disponemos de tiempo suficiente para holgar… es mañana por la mañana, a las ocho, cuando el patrón nos telefoneará allá…».
—¿Dónde quiere decir allá?… Recuérdalo…, era el nombre de una ciudad, ¿no es eso?
—SÃ…, un nombre…, un nombre como «chateau»…
—¿Chateaubriand?… ¿Chateau-Thierry?…
—No…, no…