Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —¿Chateauroux?
—Eso es… Chateauroux…
Beautrelet apenas oyó pronunciar la última sÃlaba de aquel nombre, se puso en pie y sin preocuparse de Froberval, sin preocuparse de la niña, abrió la puerta del café y corrió a la estación.
—Para Chateauroux…, un billete para Chateauroux —dijo en la ventanilla del despacho de billetes.
Al dÃa siguiente, por la mañana, Isidoro Beautrelet se apeaba en la estación de Chateauroux, disfrazado, completamente irreconocible. Era un inglés de unos treinta años, vestido con un traje color castaño a grandes cuadros, pantalón corto, medias de lana, gorra de viaje y el rostro coloreado y con una pequeña barca en collar roja.
Por la tarde ya sabÃa, por testimonios irrecusables, que una limusina que seguÃa por la carretera de Tours habÃa cruzado el burgo de Buzancais y luego la pequeña ciudad de Chateauroux y se habÃa detenido más allá de esta ciudad en los linderos del bosque. Hacia las diez, un coche ligero, conducido por un individuo, se habÃa estacionado cerca del automóvil y luego se habÃa alejado hacia el Sur por el valle de Bouzanne. En ese momento, al lado del conductor viajaba otra persona. En cuanto al automóvil, éste se habÃa dirigido hacia el Norte, hacia Issoudun.