Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Isidoro descubrió fácilmente al propietario de coche ligero. Pero ese individuo nada pudo decirle. Había alquilado su coche y su caballo a una persona que se los había devuelto al día siguiente.

De todo ello resultaba, en la forma más absoluta, que el padre de Beautrelet se encontraba en aquellas inmediaciones. De no ser así, ¿cómo admitir que unos individuos recorrieran cerca de quinientos kilómetros a través de Francia sólo para venir a telefonear a Chateauroux y volver a subir luego en ángulo agudo por el camino de París? Ese formidable paseo tenía un objeto preciso: transportar al padre de Beautrelet al lugar que le estaba designado. «Y este lugar está al alcance de la mano —se decía Isidoro, estremeciéndose de esperanza—. A diez leguas, a quince leguas de aquí, mi padre espera que yo acuda en su auxilio. Él está ahí. Respira el mismo aire que yo.»

Pero, después de quince días de una busca infructuosa, su entusiasmo acabó por decaer y pronto perdió ya toda confianza. Como el éxito tardaba en producirse de la mañana a la noche, pues él casi lo juzgaba imposible, y aunque continuara siguiendo su plan de investigaciones, habría experimentado una verdadera sorpresa si sus esfuerzos hubieran conducido al más mínimo descubrimiento.


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