Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Fue Juan Daval quien me despertó. Por lo demás, yo dormÃa mal, con relámpagos de lucidez en los que sentÃa la impresión de oÃr pasos, cuando de pronto, al abrir los ojos, lo divisé al pie de mi cama, con una lámpara en la mano y vestido tal cual está en este momento, pues a menudo trabajaba hasta muy tarde durante la noche. ParecÃa muy agitado y me dijo en voz baja: «Hay dos personas en el salón». En efecto, percibà ruido. Me levanté y entreabrà despacio la puerta de este gabinete. En el mismo instante fue empujada esta otra puerta que da al salón grande y surgió un hombre que saltó sobre mà y me aturdió dándome un puñetazo en la sien. Le relato esto sin ningún detalle, señor juez de instrucción, por la razón de que no recuerdo más que los detalles principales y que esos hechos ocurrieron con rapidez extraordinaria.
—¿Y después?
—Después no sé nada más… Cuando recobré el conocimiento, Daval estaba tendido en el suelo mortalmente herido.
—¿Usted no sospecha de nadie?
—De nadie.
—¿No tiene usted ningún enemigo?
—No sé que tenga ninguno.
—¿Y el señor Daval no los tenÃa tampoco?