Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —¿Daval enemigos? Era la mejor persona del mundo. Desde hace veinte años que Juan Daval era mi secretario y, debo decirlo, mi confidente; jamás observé en torno a él más que simpatÃas.
—Sin embargo, ha habido escalo y ha habido un asesinato, y, por tanto, es preciso que exista un motivo para todo eso.
—¿Un motivo? Pues claro…, el robo.
—¿Le han robado a usted algo?
—Nada.
—¿Entonces?
—Entonces, si no han robado nada ni falta nada, han debido llevarse cuando menos alguna cosa.
—¿Qué?
—Lo ignoro. Pero mi hija y mi sobrina le dirán a usted, con toda certidumbre, que vieron sucesivamente a dos hombres que llevaban bultos bastante voluminosos.
—Esas señoritas…
—¿Esas señoritas han soñado acaso? Yo me sentirÃa inclinado a creerlo, pues desde esta mañana me exprimo el cerebro buscando y haciendo suposiciones. Pero es fácil interrogarlas.