Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Mandaron venir a las dos primas al salón grande. Susana, completamente pálida y temblorosa todavÃa, apenas podÃa hablar. Raimunda, más enérgica, y más viril, y más bella también con el resplandor dorado de sus ojos oscuros, relató los acontecimientos de la noche y la parte que ella habÃa tomado en los mismos.
—¿De manera, señorita, que la declaración de usted es categórica?
—Absolutamente. Los dos hombres que cruzaron el parque llevaban objetos.
—¿Y el tercero?
—Ése salió de aquà con las manos vacÃas.
—¿PodrÃa usted decirnos sus señas personales?
—No cesó ni un momento de cegarnos con su linterna. Lo más que puedo decir es que es corpulento y de aspecto grueso…
—¿Es asà como le pareció a usted, señorita? —preguntó el juez a Susana de Gesvres.
—SÃ…, o más bien no… —respondió Susana, reflexionando—. A mà me pareció de estatura media y delgado.
El señor Filleul sonrió, acostumbrado como estaba a las divergencias de opinión y de visión entre los testigos de un mismo hecho.