Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Henos aquí en presencia, por una parte, de un individuo, el del salón, que es a la vez grande y pequeño, grueso y delgado…, y, por la otra, de dos individuos, los del parque, a quienes se acusa de haber robado objetos de este salón… que todavía se encuentran aquí.

El señor Filleul era un juez de la escuela de los irónicos, como él mismo decía. Era también un juez que en modo alguno detestaba la galería ni las ocasiones de mostrarle al público su arte de hacer las cosas, cual lo demostraba el número creciente de personas que se apretaban en el salón. A los periodistas se habían sumado el granjero y su hijo, el jardinero y su mujer, y asimismo el personal del castillo, además de los dos chóferes que habían traído los coches de Dieppe. El juez prosiguió:

—Se trata también de ponerse de acuerdo sobre la forma en que desapareció el tercer personaje. ¿Usted, señorita, disparó con una escopeta desde esta ventana?

—Sí, cuando el individuo alcanzaba la piedra sepulcral casi en fuga bajo los pinos, a la izquierda del claustro.

—Pero ¿él se levantó?

—A medias solamente. Víctor bajó inmediatamente para vigilar la puerta pequeña, y yo lo seguí, dejando aquí en observación a nuestro criado Alberto.


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