Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—¿Una carta echada al correo el miércoles último?… —exclamó el alcalde, excelente burgués, al cual Isidoro se confió y que se puso a su disposición—. Escuche; yo creo que puedo proporcionarle una valiosa indicación… El sábado por la tarde, un viejo afilador, el señor Charel, con quien me crucé al extremo de la aldea, me preguntó: «Señor alcalde, una carta que no tiene sello, ¿puede mandarse de todos modos?». «Sí.» «¡Caray! ¿Y llega a su destino?» «Sí, pero con un recargo en el franqueo.»

—¿Y de dónde venía el señor Charel? —preguntó Beautrelet.

—Venía de Fresselines.

—Por consiguiente, fue a lo largo de ese camino como él encontró la carta.

—Es lo más probable.

A la mañana siguiente, Isidoro almorzó en Fresselines y divisó a un buen hombre que cruzaba la plaza empujando un carrito de afilar. Inmediatamente se lanzó a seguirle desde lejos.

El viejo afilador hizo dos interminables paradas, durante las cuales afiló dos docenas de cuchillos. Luego, al fin, se marchó por un camino que se dirigía hacia Crozant y el burgo de Eguzon.


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