Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Beautrelet siguió detrás de él por ese camino. Pero no había andado más de cinco minutos, cuando tuvo la sensación de no ser el único que seguía al viejo afilador. Entre ellos caminaba otro individuo que se detenía y volvía a echar a andar al mismo tiempo que lo hacía el viejo Charel, sin cuidarse mucho, por lo demás, de no ser visto.
«Lo vigilan —pensó Beautrelet—. Han sabido que el viejo ha recogido una carta y quieren saber si se detiene delante de los muros del castillo.»
Su corazón latía violentamente. Los acontecimientos se acercaban.
Los tres hombres, uno tras otro, subían y bajaban las cuestas escarpadas de la región, y así llegaron a Crozant. Allí, el viejo Charel hizo un alto de una hora. Luego bajó hacia el río y cruzó el puente. Pero entonces ocurrió un hecho que sorprendió a Beautrelet. El otro individuo no cruzó el puente. Observó al afilador alejarse, y cuando lo perdió de vista se internó por un sendero que le llevaba al pleno campo. ¿Qué hacer? Beautrelet titubeó unos momentos, y luego, bruscamente, se decidió. Se puso a seguir al individuo.
«Habrá comprobado —se dijo— que el viejo Charel pasó derecho. Ya está tranquilo y ahora se va. Pero ¿adónde? ¿Al castillo?»
Estaba llegando a su objetivo. Lo presentía por la alegría que experimentaba.