Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca El desconocido penetró en un bosque oscuro que se erguÃa sobre el rÃo y luego surgió a plena luz en el horizonte del sendero. Cuando Beautrelet, a su vez, salió del bosque, quedó muy sorprendido de no ver ya al individuo. Le buscaba con la mirada cuando de pronto hubo de ahogar un grito de sorpresa, y, dando un salto atrás, volvió a meterse en la lÃnea de arboleda de donde acababa de salir. A su derecha habÃa una alta muralla que flanqueaban a distancias iguales unos contrafuertes macizos.
¡Era allÃ! ¡Era allÃ! ¡Aquellos muros aprisionaban a su padre! HabÃa descubierto el lugar secreto donde Lupin encarcelaba a sus vÃctimas.
No se atrevió a abandonar el refugio que le proporcionaba el espeso follaje del bosque. Lentamente, tendido sobre la tierra y arrastrándose casi sobre el vientre, se escurrió hacia la derecha y logró llegar asà a la cima de un montÃculo que alcanzaba el nivel de la copa de los árboles vecinos. Las murallas eran todavÃa más altas. No obstante, divisó el techo del castillo, un antiguo techo Luis XIII que coronaban unas torrecillas muy agudas colocadas en forma de cesta alrededor de una flecha más aguda y más alta.
Ese dÃa, ya Beautrelet no hizo nada más. Necesitaba reflexionar y preparar su plan de ataque. Ahora le tocaba a él escoger la hora y la forma del combate contra Lupin. Se marchó.