Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca »—Pues bien: ¿sería usted hombre…, sería usted hombre…?
»Titubeó. Pero el oficial terminó él mismo la frase:
»—¿Para no traicionarle? ¡Oh, señor!…
»—Entonces, escúcheme.
»El rey extrajo de su bolsillo un librito, del cual arrancó una de las últimas páginas. Pero cambiando de idea, añadió:
»—No; es preferible que yo lo copie…
»Tomó una hoja grande de papel, la cual rasgó de forma a no conservar más que un pequeño espacio rectangular sobre el cual copió cinco líneas de puntos y de cifras que contenía la página impresa. Luego quemó ésta, dobló en cuatro la hoja manuscrita, la selló con lacre rojo y se la entregó al oficial, diciéndole:
»—Señor, después de mi muerte usted entregará esto a la reina y le dirá usted: “De parte del rey, señora…, para su majestad y para su hijo…”. Si ella no comprendiese…
»—Sí, ¿y si ella no comprendiese?…
»—Usted agregará: “Se trata del secreto de la Aguja”. Y entonces la reina comprenderá.
»Después que hubo hablado así, arrojó el pequeño libro entre las brasas al rojo vivo que brillaban en el hogar de la chimenea.
»El 21 de enero, el rey subía al cadalso.