Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca »Posdata. Claro está que yo no comunico a los periódicos estos pequeños descubrimientos. Ahora que se acerca usted al objetivo, la discreción se impone.»
Ésa era también la opinión de Beautrelet. Incluso él llegó más lejos: cuando dos periodistas le importunaron esa mañana, les comunicó las informaciones más fantásticas sobre su estado de ánimo y sobre sus proyectos.
Por la tarde se apresuró a acudir a casa de Massiban, que vivía en el número 17 del muelle de Voltaire. Con gran sorpresa suya se enteró de que Massiban acababa de marcharse de improviso y le había dejado un recado para el caso de que él se presentara. Isidoro abrió el sobre y leyó:
«Acabo de recibir un telegrama que me da ciertas esperanzas. Me marcho, pues, a Rennes y allí dormiré. Usted puede tomar el tren de la noche y, sin detenerse en Rennes, continuar hasta la pequeña estación de Vélines. Nos encontraremos en el castillo, situado a cuatro kilómetros de allí».