Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Ese programa le agradó a Beautrelet. Regresó a casa de su amigo y pasó el día con él. Por la noche tomó el exprés para Bretagne. A las seis de la mañana descendió en Vélines. Recorrió a pie, entre tupidos bosques, los cuatro kilómetros de camino. Desde lejos divisó sobre una colina una vasta casa solariega, de construcción bastante híbrida, mezcla de Renacimiento y de Luis Felipe, pero, no obstante, dotada de un gran aspecto. Alegremente y lleno de confianza, llamó a la puerta.
—¿Qué desea el señor? —le preguntó un criado que apareció en el umbral de la puerta.
—Deseo ver al barón de Vélines.
Le tendió una tarjeta.
—El señor barón no se ha levantado todavía, pero si el señor quiere esperarle…
—¿Acaso no está ya aquí otra persona que vino a visitarle…, un señor de barba blanca, un poco encorvado? —preguntó Beautrelet, que conocía a Massiban por las fotografías que de él habían publicado los periódicos.
—Sí; ese señor llegó ya hace diez minutos y lo he pasado a la sala.