Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca La entrevista de Massiban con Beautrelet fue muy cordial. Cambiaron sus impresiones sobre las posibilidades que tenían de descubrir el libro, y Massiban repitió lo que había averiguado en relación con el señor de Vélines. El barón era un hombre de sesenta años que, viudo desde hacía muchos años, vivía con su hija, Gabriela de Villemon, la cual acababa de sufrir un tremendo golpe con la pérdida de su marido y de su hijo mayor, muertos en un accidente de automóvil.
—El señor barón les ruega a ustedes, caballeros, que suban.
El criado los condujo al primer piso, haciéndolos entrar en una amplia estancia de paredes desnudas y amueblada con sencillez, con escritorios y mesas cubiertos de papeles. El barón los acogió con gran afabilidad y con esa gran necesidad de hablar que sienten a menudo las personas que viven demasiado solitarias. Les costó mucho trabajo exponer el objeto de su visita.
—¡Ah! Sí, ya sé; usted me ha escrito a propósito de eso, señor Massiban. Perdóneme, aquí apenas se leen periódicos. ¿Se trata, no es eso, de un libro en el que se habla de una aguja y que yo habría recibido de un antepasado?
—En efecto.
—Pues les diré a ustedes que mis antepasados y yo nos enemistamos. En esos tiempos tenían unas ideas muy raras.