Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Sà —objetó Beautrelet con impaciencia—. Pero ¿no tiene usted algún recuerdo de haber visto ese libro?
—Claro que sÃ, y le telegrafié al respecto al señor Massiban…; sà o, cuando menos, le parecÃa a mi hija que ella habÃa visto ese tÃtulo entre unos cuantos miles de libros que se amontonaban en la biblioteca. Porque, para mÃ, señores, la lectura… Yo no leo nada… Mi hija todavÃa lee algo algunas veces, y para eso su hijo, el pequeño Jorge, el hijo que le queda, tiene que portarse bien…, y también que por mi parte mis arrendamientos rindan bien, que mis vigas estén en buenas condiciones… Ya, ven ustedes…, libros de registro…; yo vivo de ellos, señores…
Isidoro Beautrelet, horrorizado por ese parloteo, le interrumpió bruscamente:
—Perdón, señor, pero y entonces ese libro…
—En efecto, sÃ; pues bien…: mi hija lo ha encontrado hace una o dos horas.
—¿Y dónde está?
—¿Que dónde está? Pues ella lo colocó sobre esta mesa…, mire…, allÃ.