Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Isidoro dio un salto. Al extremo de la mesa, sobre un montón de papeles, habÃa un librito encuadernado en tafilete encarnado. Le puso el puño encima violentamente, como si prohibiera que nadie en el mundo lo tocara… y un poco también como si él mismo no se atreviera a tomarlo.
—Bueno, ¿qué?… —exclamó Massiban, emocionado.
—Ya lo tengo…, helo aquÃ…
—Pero ¿y el tÃtulo…, está usted seguro?…
—SÃ, pardiez…, mire.
Y le mostró las letras de oro grabadas sobre el tafilete: El misterio de la aguja hueca.
—¿Está usted convencido? ¿Somos nosotros, al fin, los dueños del secreto?
—Vea la primera página… ¿Qué hay en la primera página?
—Lea: Toda la verdad denunciada por primera vez. Cien ejemplares impresos por mà mismo y por la instrucción del Tribunal.
—Eso es, eso es —murmuró Massiban con la voz alterada por la emoción—. Éste es el ejemplar arrancado a las llamas. Es el propio libro que Luis XIV habÃa condenado.
Lo hojearon. La primera mitad relataba las explicaciones dadas por el capitán de Larbeyrie en su nota manuscrita.