Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Su decisión fue clara e inmediata, y ajustándose a ella tenÃa la intuición feliz de que se encontraba sobre el camino acertado. Ante todo, y sin inútiles recriminaciones, abandonó a su camarada del instituto Janson-de-Sailly y, tomando su maleta, fue a instalarse en un pequeño hotel situado en el propio centro de ParÃs. De ese hotel no salió en absoluto durante dÃas enteros. A lo sumo comÃa en el restaurante. El resto del tiempo, encerrado bajo llave, con las cortinas de las ventanas herméticamente cerradas, pensaba.
«Diez dÃas», habÃa dicho Arsenio Lupin. Beautrelet se esforzaba por olvidar todo cuanto habÃa hecho y no recordar más que los elementos contenidos en el folleto y en el documento, ambicionando ardientemente el mantenerse dentro de los lÃmites de aquellos diez dÃas. Pero pasó el décimo, y el undécimo, y el duodécimo, mas al decimotercero la luz se hizo en su cerebro y rápidamente, con la rapidez desconcertante de esas ideas que se desarrollan en nosotros como plantas milagrosas, la verdad surgió, se dilató, se fortificó. La noche de aquel decimotercer dÃa no sabÃa ciertamente la clave del problema, pero conocÃa uno de los métodos que podÃan dar lugar a descubrirla…, el método fecundo que Lupin, sin duda alguna, habÃa empleado.