Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Con razón o sin ella, Beautrelet creía ver en esa frase una de sus confesiones involuntarias. Estaba en su derecho en concluir que si Lupin ponía paralelamente sus esfuerzos y los de él en la persecución de la verdad sobre la aguja hueca, entonces era porque ambos poseían medios idénticos para llegar al mismo objetivo… Y que Lupin no había dispuesto de elementos de triunfo diferentes de aquellos que poseía su adversario. Las posibilidades para ambos eran las mismas. Pero con esas mismas posibilidades, con esos mismos elementos de triunfo, a Lupin le habían bastado diez días. ¿Cuáles eran esos elementos y esas posibilidades? Todo se reducía al conocimiento del folleto publicado en 1815, folleto que Lupin, como Massiban, había sin duda encontrado por casualidad, y gracias a ello había llegado a descubrir en el devocionario de María Antonieta el documento indispensable. Por consiguiente, el folleto y el documento constituían las dos bases sobre las cuales Lupin se había apoyado. Con esos elementos había reconstruido todo el edificio. Nada de auxilios extraños. El estudio del folleto y el estudio del documento, y eso era todo.
Entonces, ¿no podía Beautrelet acantonarse también sobre el mismo terreno? ¿Para qué una lucha imposible? ¿Para qué sus vanas investigaciones con las cuales él estaba seguro —tanto que evitaba las emboscadas multiplicadas bajo sus pasos— de llegar, a fin de cuentas, al más lamentable de los resultados?