Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Una mañana almorzaba en una posada teniendo a la vista Harfleur, antigua ciudad del estuario. Frente a él comía uno de esos tratantes normandos, colorados y gordos, que recorren las ferias con el látigo en la mano y vestidos con una larga blusa. Al cabo de un instante le pareció a Beautrelet que aquel hombre le miraba con cierta atención, como si le conociera o, cuando menos, como si tratara de reconocerle.

«Bueno —pensó—. Me equivoco; nunca he visto a este tratante en caballos.»

En efecto, el hombre pareció no ocuparse ya más de él. Encendió su pipa, pidió café y coñac. Beautrelet, cuando hubo terminado su almuerzo, pagó y se levantó. Un grupo de individuos entraba en el momento que él iba a salir del restaurante. Tuvo que quedarse en pie unos momentos junto a la mesa donde el tratante estaba sentado, y entonces oyó que le decía:

—Buenos días, señor Beautrelet.

Isidoro no dudó. Tomó asiento junto al individuo, y le dijo:

—Sí, soy yo…; pero usted…, ¿quién es? ¿Cómo me ha reconocido?

—No es difícil… Y, sin embargo, yo nunca he visto más que su retrato en los periódicos. Pero está usted tan mal…, ¿cómo dicen ustedes en francés?…, tan mal desfigurado.


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