Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Tenía un acento extranjero muy acusado, y Beautrelet creyó discernir, al examinar a aquel hombre, que él también tenía algo que desfiguraba su verdadero rostro.

—¿Quién es usted? —repitió Beautrelet.

El extraño sonrió, y dijo:

—¿No me reconoce usted?

—No. Yo no le he visto a usted nunca.

—De mí también publican el retrato los periódicos… y lo hacen a menudo. ¿Qué, ya me reconoce?

—No.

—Herlock Sholmes.

Aquel encuentro era original. Y era también significativo. Inmediatamente, el joven comprendió su alcance. Después de un intercambio de cumplidos mutuos, le dijo a Herlock Sholmes:

—¿Me supongo que usted se encuentra aquí a causa de él?

—Entonces…, entonces…, usted cree que tenemos posibilidades por este lado.

—Estoy seguro de ello.

La alegría que Beautrelet experimentó al comprobar que la opinión de Sholmes coincidía con la suya, no dejaba de tener su mezcla de contrariedad. Si el inglés alcanzaba el objetivo, entonces sería una victoria dividida y quién sabe si aquél, además, no llegaría antes que él.


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