Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —¿Posee usted pruebas…, indicios? —preguntó el joven.
—No tenga usted miedo —dijo con ironÃa el inglés, comprendiendo la inquietud de Beautrelet—. Yo no sigo las huellas que sigue usted. Para usted es el documento, el folleto…, cosas que a mà no me inspiran gran confianza.
—¿Y usted?
—Para mà no es eso.
—¿SerÃa indiscreto?…
—En modo alguno. ¿Recuerda usted la historia de la diadema, la historia del duque de Charmerace?
—SÃ.
—¿Usted no olvidó a Victoria, la vieja nodriza de Lupin, aquella que mi buen amigo Ganimard dejó escapar en un falso coche celular?
—No.
—Yo he vuelto a encontrar la pista de Victoria. Vive en una granja no lejos de la carretera nacional número veinticinco. Y la carretera nacional número veinticinco es la carretera de El Havre a Lille. Por medio de Victoria llegaré fácilmente a Lupin.
—Será un largo camino.
—No importa. He abandonado todos mis asuntos. Ya no hay más que éste que me interesa. Entre Lupin y yo hay entablada una lucha…, una lucha a muerte.