Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Apenas entró en la gruta se arrodilló delante de las letras. Le esperaba una decepción. De nada le valió el golpear sobre ellas, empujarlas, manipularlas en todos sentidos. No se movían. Y entonces se dio cuenta de que realmente no podían moverse y, en consecuencia, no eran la clave de ningún mecanismo. Sin embargo…, sin embargo, tenían algún significado. Con arreglo a informaciones recogidas por él en la aldea, resultaba que nadie había podido explicarse jamás la presencia de esas letras, y que el padre Cochet, en su precioso libro sobre Etretat[4] se había inclinado en vano sobre ese jeroglífico.

Repentinamente se le ocurrió una idea. Y era tan racional, tan sencilla, que no dudó ni un segundo de su exactitud. ¿Aquella D y aquella F no eran las iniciales de dos de las palabras más importantes del documento? De aquellas palabras que representaban —con la Aguja— las paradas esenciales del camino a seguir la cámara de las Demoiselles (señoritas) y el fuerte de Fréfossé. Había en esto una relación demasiado extraña para que constituyera una casualidad.





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