Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Se colocó en esa posición y miró. Como ya dijimos, la ventana estaba dirigida hacia tierra firme y por ella se veía en primer lugar el sendero que ligaba la gruta a tierra, y luego se divisaba la propia base del montículo sobre la cual se levantaba el fuerte. Para tratar de ver el fuerte, Beautrelet se inclinó hacia la izquierda, y fue entonces cuando comprendió la significación del trazo redondeado, de la coma que marcaba el documento abajo a la izquierda: porque abajo, a la izquierda de la ventana, un trozo de sílex formaba saliente, y la extremidad de ese trozo se curvaba como una garra. Se hubiera dicho que se trataba de un verdadero punto de mira. Y si se aplicaba el ojo a ese punto de mira, la visión recortaba sobre la pendiente del montículo opuesto una especie de terreno bastante limitado y casi enteramente ocupado por un viejo muro de ladrillo, vestigio del antiguo fuerte o del antiguo oppidum romano construido en ese lugar.

Beautrelet corrió hacia el lienzo de muro, que tenía aproximadamente una longitud de diez metros y cuya superficie estaba tapizada de hierbas y de plantas. No descubrió ningún indicio.

Pero ¿y la cifra 19?



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