Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Regresó a la gruta, sacó de su bolsillo un ovillo de cordel y un metro de tela de que se había provisto, anudó el cordel al ángulo de sílex, ató una piedra al cabo de 19 metros de cordel y la arrojó. La piedra alcanzó apenas el extremo del sendero.
«Soy un idiota por triplicado —pensó Beautrelet—. ¿Es que acaso se contaba por metros en esa época? Diecinueve significa diecinueve toesas o no significa nada.»
Una vez que efectuó el cálculo correspondiente contó treinta y siete metros en el cordel, hizo un nudo para marcarlos y a tientas buscó sobre el lienzo de pared el punto exacto donde el nudo formado por los treinta y siete metros desde la ventana de las Señoritas tocaba el muro de Fréfossé. Después de unos instantes quedó establecido ese punto de contacto. Con la mano que tenía libre apartó las hojas de moleña crecidas entre los resquicios del muro.
Lanzó un grito. El nudo que él mantenía apoyado con la punta de su índice estaba colocado sobre el centro de una pequeña cruz esculpida en relieve sobre el ladrillo.
Y en el documento, el signo que seguía a la cifra 19 era también una cruz.