Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Precisó de toda su fuerza de voluntad para dominar la emoción que le invadía. Presurosamente, con los dedos crispados, cogió la cruz y, al propio tiempo que calcaba sobre ella, la hizo girar como si se tratara de los radios de una rueda. El ladrillo osciló. Redobló sus esfuerzos, pero el ladrillo ya no se movió. Entonces, sin hacerlo girar más, apretó más fuerte. Sintió inmediatamente que cedía. Y de pronto se produjo como un desprendimiento, un ruido de cerradura que se abre; y a la derecha del ladrillo, en un espacio de un metro, el lienzo de muro giró sobre sus goznes y descubrió la abertura de un subterráneo.

Como un loco, Beautrelet agarró la puerta de hierro en la cual los ladrillos estaban empotrados, tiró de ella violentamente y la cerró. El asombro, la alegría, quizá el miedo de ser sorprendido convulsionaban su rostro. Tuvo la visión desconcertante de todo cuanto había ocurrido allí, delante de aquella puerta, desde hacía veinte siglos…, de todos los personajes conocedores del gran secreto que habían penetrado por aquella puerta…, celtas, galos, romanos, normandos, ingleses, franceses, barones, duques, reyes, y después de todos ellos, Arsenio Lupin…, y después de Lupin, él, Beautrelet… Sintió como si su cerebro se le esfumara. Sus párpados aletearon. Cayó desvanecido y rodó hasta el fondo de la rampa, al borde del precipicio.


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