Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Su tarea había terminado…, cuando menos la tarea que podría realizar solo, con los únicos recursos de que disponía.
Por la noche le escribió al jefe de Seguridad una larga carta en la que le informaba fielmente de los resultados de su investigación y le entregaba así el secreto de la Aguja hueca. Le pedía auxilio para acabar su obra.
Mientras esperaba la respuesta pasó dos noches consecutivas en la cámara de las Señoritas. Las pasó transido de miedo, con los nervios sacudidos por un espanto que exasperaban todavía más los ruidos nocturnos… A cada instante creía ver sombras que avanzaban hacia él. Se sabía de su presencia en la gruta…, venían…, lo degollarían…
Pero, no obstante, su mirada, desesperadamente fija, con toda su voluntad, se aferraba al lienzo de muro.
La primera noche nada se movió. Pero la segunda, a la claridad de las estrellas y de un ligero resplandor de la luna creciente, vio que la puerta se abría y que penetraban unas siluetas. Contó dos, tres, cuatro, cinco…
Le pareció que aquellos hombres llevaban consigo paquetes voluminosos. Siguieron derecho por los campos hasta la carretera del Havre y pudo distinguir el ruido de un automóvil que se alejaba.