Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Volvió sobre sus pasos y contorneó una extensa granja. Pero en la vuelta del camino que la bordeaba apenas tuvo tiempo de escalar un talud y esconderse detrás de los árboles. Otros dos hombres más pasaban cargados de paquetes. Y dos minutos después oyó el roncar del motor de otro automóvil. Esta vez ya no tuvo valor para regresar a su puesto y se fue a su alojamiento a dormir.
Cuando se despertó, el mozo del hotel le llevó una tarjeta. La abrió. Era la esperada tarjeta de visita de Ganimard.
«Al fin», exclamó Beautrelet, que verdaderamente experimentaba la necesidad de auxilios después de una campaña tan dura.
Cuando Ganimard entró, el joven se precipitó hacia él con las manos extendidas. Ganimard se las estrechó y le dijo:
—Es usted un valiente, hijo mÃo.
—¡Bah! —respondió él—. La casualidad me ayudó.
—Con él no hay casualidad que valga —afirmó el inspector, que hablaba siempre de Lupin con aire solemne y sin pronunciar su nombre.
Se sentó.
—¿Entonces ya lo tenemos?