Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Cuando menos ya sabemos su guarida, su castillo fuerte, lo que en resumen equivale a que Lupin es Lupin. Él puede escaparse. Pero la Aguja de Etretat no puede hacerlo.

—¿Por qué supone usted que él escapará? —preguntó Ganimard, inquieto.

—¿Y por qué supone usted que él tenga necesidad de escapar? —respondió a su vez preguntando Beautrelet—. Nada prueba que él se encuentre actualmente en la Aguja. Esta noche salieron de allí once de sus cómplices. Quizá entre esos once iba él mismo.

Ganimard reflexionó.

—Tiene usted razón. Lo esencial es la Aguja hueca. Para lo demás esperemos que la suerte nos favorezca. Y ahora hablemos.

Adoptó de nuevo su tono grave, su aire de importancia convencida, y manifestó:

—Mi querido Beautrelet, tengo orden de recomendarle a usted, a propósito de este asunto, la más absoluta discreción.

—Y esa orden ¿de quién es? —replicó Beautrelet bromeando—. ¿Del prefecto de Policía?

—De más arriba.

—¿Del presidente del Consejo?

—De más arriba.

—¡Caray!

Ganimard bajó la voz y añadió:


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