Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Debemos de estar exactamente debajo del fuerte de Fréfossé —dijo Beautrelet—. Ahora las capas de tierra ya han sido atravesadas. Los ladrillos ya se acabaron. Estamos en plena masa calcárea.

La sala estaba profusamente iluminada por un chorro de luz que venía del otro extremo. Al acercarse vieron que era una hendidura en el acantilado, abierta en un saledizo de la pared y que formaba como una especie de observatorio. Frente a ellos, a cincuenta metros, surgiendo de las olas, el bloque impresionante de la Aguja. A la derecha, muy cerca, estaba el arbotante de la puerta de Aval (abajo), y a la izquierda, muy lejos, cerrando la curva armoniosa de una vasta ensenada, otro arco, más imponente todavía, se recortaba en el acantilado. Era la Manneporte (magna porta), tan grande que hubiera podido pasar por ella un navío, con sus mástiles erguidos y todas las velas desplegadas. En el fondo, por doquier, el mar.

—No veo nuestra flotilla —dijo Beautrelet.

—Imposible —respondió Ganimard—. La puerta de Aval nos oculta toda la costa de Etretat y de Yport. Pero mire allá abajo, sobre la costa, aquella línea negra a ras del agua…

—¿Y qué?…


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