Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Pues que es nuestra flotilla de guerra, el torpedero número veinticinco. Con eso, Lupin sólo puede escaparse… si está dispuesto a ir a conocer cómo son los paisajes submarinos.

Una rampa señalaba el orificio de la escalera cerca de la hendidura. Siguieron por ella. De cuando en cuando, una pequeña ventana perforaba la pared, y cada vez que eso ocurría divisaban la Aguja, cuya masa les parecía más y más colosal. Un poco antes de llegar al nivel del agua, las ventanas ya no volvieron a aparecer, y fue la oscuridad lo que surgió.

Isidoro contaba los peldaños en voz alta. Cuando llegó al trescientos cincuenta y ocho, desembocaron en un pasillo más ancho que también estaba cerrado por otra puerta de hierro, reforzada de planchas y clavos.

—Ya conocemos esto —dijo Beautrelet—. El documento nos indica el número trescientos cincuenta y siete y un triángulo punteado a la derecha. No tenemos más que volver a comenzar la operación.

La segunda puerta se abrió como la primera. Apareció un túnel muy largo, iluminado por la viva luz de linternas suspendidas de la bóveda. Los muros rezumaban humedad y las gotas caían al suelo, de modo que de un extremo a otro se había instalado, para facilitar el paso, una verdadera acera de tablas.

—Estamos pasando bajo el mar —dijo Beautrelet—. ¿Viene usted, Ganimard?


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