Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—¿Y por qué no? —exclamó Lupin—. ¿Creía usted, pues, conocerme definitivamente porque me había visto bajo el aspecto de un sacerdote o bajo el aspecto del señor Massiban? Pero ¡ay!, cuando se ha escogido la situación social que yo ocupo es preciso servirse de los propios talentos de hombre de sociedad. Si Lupin no pudiera ser, a su capricho, pastor de la Iglesia reformista y miembro de la Academia de Inscripciones, entonces sería cosa de desesperar de ser Lupin. Mas Lupin, el verdadero Lupin, helo aquí, Beautrelet. Míralo con los ojos bien abiertos, Beautrelet…

—Pero entonces…, si es usted…, entonces… la señorita…

—Sí, Beautrelet, tú lo has dicho…

Apartó de nuevo la cortina, hizo una señal y anunció:

—La señora de Arsenio Lupin.

—¡Ah! —murmuró el joven, confundido a pesar de todo—. ¡La señorita de Saint-Véran!

—No, no —protestó Lupin—. La señora de Arsenio Lupin, o, más bien, si usted lo prefiere, la señora de Luis Valméras, mi esposa en justas bodas. Y gracias a usted, mi querido Beautrelet.

Le tendió la mano.

—Mis mayores agradecimientos…, y espero que sin rencor por parte de usted.


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