Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —SÃ, gracias a usted, mi querido amigo. Ciertamente, Raimunda y yo nos amamos desde el primer dÃa. MagnÃfico, amigo mÃo… El secuestro de Raimunda, su cautiverio, todo eso fueron bromas: nosotros nos amábamos… Pero ni ella ni yo, por lo demás, podÃamos admitir que se estableciera entre nosotros uno de esos lazos pasajeros que están a merced del azar. La situación resultaba entonces insoluble para Lupin. Pero no lo serÃa si yo me transformaba en Luis Valméras. Fue entonces cuando tuve la idea, porque usted no soltaba prenda y habÃa encontrado el castillo de la Aguja, de aprovecharme de la obstinación de usted.
—Y de mi ingenuidad.
—¡Bah! ¿Quién no hubiera caÃdo en lo mismo?
—¿De modo que fue a cubierto de mÃ, con mi apoyo, que usted triunfó?
—¡Pardiez! ¿Quién iba a sospechar que Valméras era Lupin, puesto que Valméras era amigo de Beautrelet y Valméras acababa de arrancarle a Lupin a aquella a quien Lupin amaba? Resultó encantador. ¡Oh, que hermosos recuerdos! ¡La expedición de Crozant! ¡Los ramos de flores encontrados! ¡Mi supuesta carta de amor a Raimunda! Y más tarde, las precauciones que yo, Valméras, tuve que tomar contra mÃ, Lupin, antes de mi matrimonio. ¡Y la noche del banquete de usted, cuando usted se desvaneció en mis brazos! ¡Qué hermosos recuerdos!…