Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—¿Cómo es eso?

—Los disparos…, el ataque…, el incendio…, todo eso fueron artimañas para atraernos allá abajo… Una operación de diversión… Y durante ese tiempo amarraron a nuestros dos hombres y el asunto quedó terminado.

—¿Qué asunto?

—¡El rescate del herido, pardiez!

—¡Vamos! ¿Cree usted?…

—¡Que si lo creo! Es la verdad segura. Hace ya diez minutos que se me ocurrió esa idea… Pero yo no soy más que un imbécil por no haberlo pensado antes. Los hubiéramos capturado a todos.

Quevillon golpeo el suelo con el pie en un súbito acceso de rabia.

—Pero ¿por donde lo rescataron? ¿Y él, ese pícaro, dónde se ocultaba? Porque hemos registrado el terreno todo el día, y un individuo no se oculta en un puñado de hierba, sobre todo cuando está herido. Es cosa de magia…, una de esas historias…

Mas para el brigadier Quevillon todavía no se habían acabado las sorpresas. Al rayar el alba, cuando penetraron en el oratorio que servía de celda al joven Beautrelet, descubrieron que éste había desaparecido. Sobre una silla, doblado, dormía el guarda de campo. A su lado había una botella y dos vasos. En el fondo de uno de los vasos se veía un poco de polvo blanco.


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