Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Pero la brisa que curvaba las llamas lanzándolas hacia el cuerpo de la vivienda dio lugar a que, ante todo, se acudiera a ese peligro. Todos se entregaron con ardor a combatir el siniestro, tanto más cuanto que el propio señor de Gesvres acudió al lugar y los estimuló con la promesa de una recompensa. Cuando el fuego quedó dominado, eran las dos de la madrugada. Toda persecución de los malhechores serÃa en vano y quedaba, pues, descartada.
—Ya trataremos de eso cuando venga el nuevo dÃa —dijo el brigadier—. A buen seguro que dejaron rastro…; ya los encontraremos.
—Y no me desagradará el saber la razón de este ataque —dijo el señor de Gesvres.
—Venga conmigo, señor conde…; la razón quizá yo pueda decÃrsela.
Juntos llegaron a las ruinas del claustro. El brigadier llamó:
—¡Lecanu!… ¡Fossier!…
Otros gendarmes buscaban ya a sus camaradas dejados allà de centinelas. Acabaron por descubrirlos a la entrada de la puerta pequeña. Estaban tendidos en el suelo, amarrados con cuerdas y amordazados, y con una venda en los ojos.
—Señor conde —murmuró el brigadier mientras liberaban a los dos gendarmes—, nos la han jugado como a unos niños.