Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Llegó la noche. Como el gabinete tenía que permanecer cerrado, el cadáver de Daval fue trasladado a otra habitación. Lo velaban dos campesinas del lugar acompañadas por Susana y Raimunda. Abajo, vigilado por la mirada atenta del guarda de campo al que le había sido encomendada esa misión, el joven Isidoro Beautrelet dormitaba sobre el banco del antiguo oratorio. Fuera, los gendarmes, el granjero y una docena de aldeanos se habían apostado entre las ruinas.

Hasta las once de la noche todo permaneció tranquilo, pero a las once y diez sonó un disparo al otro lado del castillo.

—Atención —grito el brigadier—. Que queden aquí dos hombres… Fossier y Lecanu… Los demás, a paso de carrera…

Todos echaron a correr y dieron vuelta al castillo por el lado de la izquierda. En la sombra se esfumó una silueta. Seguidamente, otro disparo los atrajo ya más lejos, cerca de los límites de la granja. Y de pronto, cuando habían llegado en tropel al vallado que bordeaba el huerto, brotó una llamarada a la derecha de la casa reservada para el granjero, y otras llamaradas se elevaron también seguidamente, formando una espesa columna de fuego. Era una granja que ardía.

—¡Esos pícaros! —gritó el brigadier—. Quevillon, fueron ellos los que le prendieron fuego. Vayámosles encima, muchachos. Ellos no pueden estar lejos.


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