Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca »—Detestables… Una habitación de una posada… y la absoluta imposibilidad, por asà decirlo, de recibir cuidados.
»—Entonces, ¿qué podrÃa salvarle?
»—Un milagro…, y además, su constitución fÃsica, de un vigor excepcional.
»—¿Y no puede usted decir nada más sobre ese extraño cliente?
»—No puedo. Primero, lo he jurado, y segundo recibà la suma de cincuenta mil francos a beneficio de mi clÃnica popular. Si no guardo silencio, esa suma me será retirada.
»—¡Vamos! ¿Cree usted?
»—Palabra que sà lo creo. Todas aquellas personas me parecieron extraordinariamente serias.
»Tales son las declaraciones que nos ha hecho el doctor.
»Y hemos sabido también, por otra parte, que el jefe de Seguridad todavÃa no ha logrado obtener de él informes más precisos sobre la operación que practicó al paciente a quien trató, y sobre las regiones que el automóvil recorrió. Resulta, pues, difÃcil llegar a saber la verdad.»