Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Una voz débil como un suspiro la llamaba desde la habitación vecina, cuya puerta no estaba cerrada. Se dirigió hacia allà a tientas, cuando Susana, su prima, saltó a su encuentro y se arrojo sobre sus brazos.
—Raimunda…, ¿eres tú?… ¿Has oÃdo?…
—SÃ… ¿Entonces no duermes?
—Creo que es el perro el que me ha despertado… hace ya largo tiempo… Pero después no ha vuelto a ladrar. ¿Qué hora será?
—Deben ser aproximadamente las cuatro.
—Escucha… Alguien anda caminando por el salón.
—No hay peligro. Tu padre está allÃ, Susana.
—Pero hay peligro para él. Duerme al lado del salón pequeño.
—El señor Daval está allà también…
—Pero está al otro extremo del castillo… ¿Cómo quieres que oiga?
Dudaron, no sabiendo qué resolver. ¿Llamar? ¿Pedir socorro? Pero no se atrevÃan, hasta tal extremo el ruido de sus propias voces parecÃa infundirles miedo. Pero Susana, que se habÃa acercado a la ventana, ahogó un grito en su garganta.
—Mira…, un hombre cerca del estanque.
