Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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En efecto, un hombre se alejaba con paso rápido. Llevaba bajo el brazo un objeto de dimensiones bastante grandes, cuya naturaleza las dos jóvenes no lograron discernir, y que al golpearle a cada paso sobre la pierna le dificultaba el caminar. Vieron que el hombre pasaba cerca de la antigua capilla y que se dirigía hacia una pequeña puerta existente en el muro. Esta puerta estaba entreabierta, pues el hombre desapareció súbitamente, y además las jóvenes no oyeron el rechinamiento habitual que producían los goznes de la misma.

—Venía del salón —murmuró Susana.

—No, la escalera del vestíbulo lo hubiera llevado mucho más a la izquierda… a menos que…

Las agitó una misma idea. Se inclinaron hacia el exterior de la ventana. Por encima de ellas había una escala erguida contra la fachada y apoyada sobre el primer piso. La luz alumbraba el balcón de piedra. Y otro hombre, portador también de otro objeto, cabalgó sobre ese balcón, se dejó deslizar por la escala y huyó por el mismo camino.

Susana, espantada y sin fuerzas, cayó de rodillas, balbuciendo:

—¡Llamemos!… ¡Pidamos auxilio!…

—¿Y quién vendría?… Tu padre… ¿Y si hay más intrusos y se arrojan contra él?

—Podríamos avisar a los criados… Tu timbre comunica con el piso de ellos.


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